Después del retiro voluntario del oficio de artista, debido a la muerte de mi hermana Neus, la muerte de mi padre Constancio, la muerte de mi hermano Ignacio y, tras unos largos años dedicado en exclusiva al cuidado de mi madre Nieves, también fallecida, quedé en shock.
Solo.
Ahogado en un vaso de alcohol.
Escribir en una libreta tras otra fue mi única salvación. Compulsiva.
Cómo volver y con qué técnica. Apareció el mosaico, más bien el trencadís, como herramienta perfecta para expresar mi estado.
Juntar los trozos rotos de mi vida para crear algo, algo físico, que parece una imagen, pero que en realidad es tridimensional: existe en volumen, ocupa espacio y persiste sólidamente en el tiempo.
Se aprende mucho cambiando pañales.
Concordia trata de eso: de transformar la mierda en abono; los restos, los despojos, las ruinas, los fragmentos… las huellas, transmutadas en algo nuevo, con sentido, para mí, para la comunidad.
La reconstrucción después del desastre.
Concordia, del latín corazones juntos, es eso: el latido de todos esos trazos rotos unidos para algo insólito. Para eso es esto.
Las pantallas, las imágenes, pueden darnos toda la dopamina que quieran, pero la oxitocina solo se consigue a través del tacto, del abrazo.
Es nuestra naturaleza quebradiza la que nos impulsa a seguir adelante; es cuidarnos los unos a los otros lo que nos hace humanos.
All that we see or seem
is but a dream within a dream.
— E. A. Poe