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La figura de Ticonio ha de entenderse a la luz del Cisma donatista con su pretensión de ser la verdadera Iglesia de Cristo que había permanecido firme en la persecución con una actitud martirial que los legitimaba como la Iglesia pura y santa, no comprometida con el pecado de los que durante la pers...
La figura de Ticonio ha de entenderse a la luz del Cisma donatista con su pretensión de ser la verdadera Iglesia de Cristo que había permanecido firme en la persecución con una actitud martirial que los legitimaba como la Iglesia pura y santa, no comprometida con el pecado de los que durante la persecución habían entregado los Libros Sagrados. Con estos planteamientos pensaron que la verdadera Iglesia de Cristo había quedado reducida a la comunión configurada por los donatistas en el Norte de África. En la segunda mitad del siglo IV, desde las filas mismas del Donatismo, se alzará la reflexión eclesiológica de Ticonio para mostrar que la existencia histórica de la Iglesia no se puede explicar sin la presencia del mal en ella, siendo uno de sus elementos constitutivos durante su caminar en el tiempo. Desde el seno del Donatismo surgía una crítica agudísima del mismo, de la que luego se serviría ampliamente san Agustín en la controversia antidonatista. El Obispo de Hipona lo consideraba un hombre dotado de agudísima inteligencia y palabra fácil, estudioso de la Escritura, que escribió de manera irrefutable contra los donatistas a favor de la Iglesia Católica, aunque nunca logró comprender cómo no se incorporó a la misma. El Libro de las reglas de Ticonio ha sido caracterizado como «una de las más secretas bellezas durmientes de la época patrística». San Agustín de Hipona, que tanto debe al pensamiento de Ticonio, presentó las Reglas de Ticonio como llaves que permiten abrir los misterios de la Sagrada Escritura. Desde entonces ha sido habitual mostrar el Libro de las Reglas como el primer manual de exégesis que ofrecía una serie de reglas que, aplicadas sistemáticamente, buscaban eliminar las oscuridades de la Escritura. Pero no era ese el propósito de Ticonio. Las Reglas son más bien siete grandes principios de la Historia de la Salvación o, si se quiere, del actuar de Dios en la historia, que evidentemente tienen consecuencias hermenéuticas importantísimas. De la notabilísima recepción de las Reglas de Ticonio son testigos, además de Agustín, Euquerio de Lyon, Casiano, Quodvultdeus, Juan el Diácono o Casiodoro y su círculo. Más aún, personajes como Isidoro de Sevilla o Beda ligaron a la posteridad epítomes de las Reglas, sobre las cuales se compusieron incluso unos hexámetros latinos con el fin de que pudieran ser fácilmente memorizadas. De esta manera, bien conocidas directamente, bien a través de alguna de estas mediaciones, las Reglas de Ticonio se han dejado sentir a lo largo de la Edad Media y el Renacimiento en autores como Hincmaro, Godescalco, Pascasio Radberto, Hugo de San Víctor, Inocencio III, Nicolás de Lira o Erasmo, por citar algunos. Llama la atención a propósito de Ticonio que, aun afirmando su afiliación al Donatismo o incluso su heterodoxia, aunque nadie sea capaz de probar esta última, no se haya dudado en acudir a su obra. Se le crítica y, a la vez, se le acoge con enorme favor.
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